miércoles, 27 de julio de 2016

EL ARTE DEL ABANDONO

Todos sabemos que cuando se comienza una relación amorosa, siempre se necesita algo de entusiasmo para que el asunto funcione. Pero pocos nos damos cuenta que para terminar una relación, se ocupa el doble de optimismo con el que la empezaste, y así al menos quedar como el sujeto bueno de la historia, como la víctima, como el apasionado, o incluso el valiente y digno personaje que despreció a su amante.
Porque si alguien te abandona, o lo abandonas, más vale convertirse en el “intenso” de la trama y en el protagonista interesante al cual muchas (os) aspirarán después. Sí, la vida es para hacer teatro, y es mejor armar una buena escena a tiempo para legitimarte como una persona pasional y enigmática, a quedarte en el típico amante indiferente, que hasta al más paciente aburriría.
Aquí un par de ejemplos muy creativos para que cuando te dejen, o dejes a tu pareja, te vuelvas un completo maniaco y jamás te olviden tus examantes, porque les tienes que dejar grabado un recuerdo sublime, y por qué no, incluso escabroso.
Desenamorarse es un momento importante para sacar el verdadero psicópata que llevas dentro. Porque el drama en toda su potencia, será siempre, la despedida más digna.

  1. Aplica la del Zaratustra enamorado


Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos alemanes más representativos de occidente, comentaba que antes de casarnos era necesario plantearse si podríamos, hasta la vejez, mantener una charla lúcida e interesante con la persona a quien eligiéramos como compañero(a) de vida, porque “todo lo demás es transitorio en el matrimonio, mientras que la mayor parte del tiempo de convivencia pertenece a la conversación”.

A mitad de sus treinta años, en 1882, Nietzsche encontró este tipo de mujer con la cual dialogar sin detenerse. Sin embargo, debido a la densa inteligencia de aquélla, era obvio que no sólo el filósofo sintiese un especial afecto y deseo por la joven. Intelectuales como Paul Rée, Sigmund Freud, o el famoso poeta Maria Rilke, encontraron en ella a una brillante compañera con la cual no sólo dialogar, sino llevar a cabo proyectos de investigación filosófica y creativa en coautoría.

Nietzsche se enamoró desesperadamente de la erudición de una sola mujer, misma de la cual otros se enamorarían también. Pero como la inteligencia no se puede palpar, generalmente es volátil y demanda su derecho de absoluta libertad, Louise von Salomé (mejor conocida como Lou Andreas-Salomé), siendo apenas una veinteañera, no sucumbió realmente al yugo de ningún amante, ni siquiera, al del apasionado filósofo. Ella sólo deseaba una convivencia intelectual con los hombres que se relacionaba.

Lou, al ser de familia aristócrata, tuvo acceso a una buena educación y a relacionarse con las mentes más brillantes de la época, que en su mayoría eran hombres. Por lo que no dudó en crear un tipo de hermandad con Nietzsche, Paul Reé y ella: una tríada consagrada al pensamiento. Viajarían juntos por Europa, dedicándose tan sólo a estudiar, a escribir y a debatir sobre sus ideas. Los unía el dialogo, siempre tan complicado de generar y encontrar con cualquier alma.

Sin embargo, como todo riesgo, el contacto con el otro sexo algunas veces se vuelve complejo a causa de la constante picazón y densidad del eros. Sobre todo en aquel siglo, donde la complicación se volvía un obstáculo debido a la rigidez moral que reprimía incluso la amistad entre hombres y mujeres. Por eso Lou no quería casarse, eso la blindaría de por vida para conocer a otros intelectuales. Pero Nietzsche no deseaba enjaularla, o al menos eso creía, sólo mantenerla cerca y hacerla “suya”.

La amistad entre Lou y Nietzsche terminó debido a los necios sentimientos de amor por parte del filósofo. La situación fue aún peor cuando Nietzsche se percató de que Lou no había cumplido con una simple regla puesta por sí misma, la de no relacionarse amorosamente ni con él, ni con el judío Paul Rée; enamorándose del último y con quien decidiría seguir la marcha intelectual por Europa, desplazando de una vez por todas a Nietzsche. La tríada del pensamiento se convertía entonces en un viaje de dos.

Pero Nietzsche no se quedaría con las manos cruzadas y en algunos apartados de sus libros hizo alusión negativa sobre las mujeres. Algunos cuentan que de este desamor nació la inspiración para escribir su obra más conocida: “Así habló Zaratustra”.

El filósofo alemán fue creativo incluso en su soledad, convirtiendo el abandono de Lou en irónicos aforismos y en una lírica revancha contra la naturaleza femenina. Entendiendo su rechazo amoroso, podríamos defenderlo contra las comunes acusaciones de considerarlo un misógino, esto tan sólo bajo la simple excusa de que estaba ardido, ¿o no?

Falta un detalle por mencionar. Paul Rée, fue de los pocos amigos que Nietzsche tenía, y quien le presentó a la inteligente Lou Salomé.

Así, y siguiendo el ejemplo de ambos intelectuales, si tu amante te deja porque se enamoró de tu mejor amigo, hazle como Nietzsche, escríbele cartas, asústala con tus reclamos, pero eso sí, trata de ser lo más poético y profundo posible. Llénala del más febril amor por la tragedia y a lo mejor, en una de esas, regresa a ti.


  1. Aplica la del suicidio (metafórico)
No hay nada peor ni más agresivo que decirle a tu pareja que si te abandona te vas a pegar un tiro, porque ella o él es tú único motivo de vida. Suicidarte por amor, a estas alturas, resulta muy patético, sin embargo, en el siglo XVIII se puso de moda por Europa. Al ser publicadas “Las desventuras del joven Werther”, una novela escrita por Goethe, se desató una fiebre de muertes en nombre del desamor.

La novela de Goethe se publicó en 1774, en una época donde la razón y la rigidez de los valores pronto buscaron una válvula de escape. Llegaría Werther como un personaje que se rebela ante la reflexión calculadora de la vida, dejándose llevar por los instintos hacia Lotte, una bella muchacha, un ser divino que sólo consta de un defecto, el estar comprometida con Albert, un poderoso aristócrata. Así, el joven enamorado, consagra su tiempo a la permanente insistencia de enamorar a Lotte, entregándose a una rutina de visitas y anhelos pasionales que giran en torno a la esperanza de que algún día ella será suya. Sin embargo, la joven sólo lo considerará un amigo, debido a la circunstancia social y económica de su eterno enamorado.
El rechazo definitivo por parte de Lotte, se convierte para Werther en una completa tragedia, lo cual lo llevará a suicidarse, pero no sin antes dejarle una escabrosa carta a su eterna enamorada: “Por última vez, por última vez abro los ojos. No volverán ay, a ver más el sol, pues un día oscuro y nebuloso lo mantiene oculto, ah yo sabía que me amabas, lo supe desde aquellas primeras miradas, sin embargo, siempre que me alejaba cuando veía a Albert junto a ti, me consumían otra vez febriles dudas”.
La novela estuvo inspirada en una experiencia propia, convirtiéndose así en un tipo de sublimación y terapéutica ante el rechazo amoroso que el escritor alemán sufrió siendo apenas un veinteañero. El autor de Werther en la vida real se enamoró de Charlotte Buff, una joven de diecinueve años, que como toda buena mujer de época, estaba comprometida con un poderoso hombre una década más viejo que ella. Goethe sintió que le desarmaban la vida, al no encontrar oportunidad alguna con Charlotte, misma que optaría por casarse meses después de conocer al escritor.
Después de tan trágico episodio que de verdad lo deprimió, incluso llegó a pensar en apuñalar su pecho con un afilado cuchillo, sin embargo nunca se animó y tras semanas de dolor mejor convirtió el malestar en poesía y se puso a escribir su novela. El suicidio de Werther se convirtió así en el renacer de Goethe: “Me sentía entonces libre y feliz, como tras una confesión general, y autorizado para emprender una nueva vida”.
Que te abandonen es un acontecimiento terrible, pero al mismo tiempo no deja de ser un sufrimiento un tanto aburguesado que le daría el privilegio de no convertirse en un dolor insuperable. El suicidio no es la solución más efectiva, ni tampoco chantajear a tu pareja con eso. Aunque en el fondo sepas que no te matarás... si te dejan, no te suicides, mejor escribe una novela.

miércoles, 15 de abril de 2015

Un ángel de Vicenza


Nietzsche creía que la mala memoria daba la ventaja de gozar muchas veces las mismas cosas, sin embargo, tener una buena memoria es preferible, porque puedes recordar hasta el detalle más mínimo, lo cual implica gozar lo vivido de manera siempre distinta. De ese tipo de memoria microscópica gozaba el filósofo italiano Franco Volpi, una memoria contagiosa y una memoria que me contagió. Por lo que sin temor a tergiversar los hechos, yo recuerdo a nuestro Volpi italiano, de estatura pequeña, siempre muy delgado -lo suficiente para verse sano-, inteligentísimo –un privilegio de muy pocos-, que acostumbraba ir a Delfos a beber de la Fuente Castalia, las aguas que lo mantenían joven, activo, sin muerte. Un día, él salía en su paseo acostumbrado, en busca de aquélla, llegó y ya no había más agua que beber.

La última vez que vi a Franco, -presencialmente y sin alguna herramienta virtual de por medio-, impartía una conferencia ante un ciento de personas, entre académicos, público especializado y público de otros ámbitos lejanos a la filosofía –una más de sus virtudes era hablar para cualquiera-. Con esa sonrisa lúcida, que jamás he visto en ningún otro hombre, decía: “la muerte es una ladrona, llega de modo intempestivo y te roba la vida, ¿cómo les gustaría que la muerte los asaltara?” Ante tal cuestionamiento, incómodo, sólo se podría desear que la muerte llegara en el momento en que uno estuviese llevando a cabo la actividad que más le apasiona, a lo cual la moraleja de Volpi era: “siempre hayque convertir lo que más amas, en la actividad a la que le dediques el mayor tiempo posible”. Al final de la conferencia, no faltó quien le preguntara al italiano qué era lo que él desearía estar haciendo cuando la muerte le llegara, a lo cual Franco contestó que le gustaría morir andando en bicicleta. Cuatro meses después de aquella conferencia, la muerte le tragaba la vida, mientras paseaba en su bicicleta. 

Un catorce de abril, pero de 2009, nuestro querido Franco murió. Aquel día gris, el mundo de la filosofía estaba consternado. Su muerte había sido muy trágica. Un accidente, en el mejor de los mundos posibles evitable, pero en el mundo real, en la Italia donde los señalamientos de tránsito no son respetados por los automovilistas, inevitable. Dentro de este contexto de ineptitud, Volpi, como muchos otros a diario, fue una víctima más que pereció por un absurdo error. 

La muerte del italiano ha sido el trago más amargo de mi vida. Sin embargo, después de estos años, he comenzado a entender que Franco no estaría orgulloso de la actitud nihilista que he asumido ante su fallecimiento. El filósofo –como buen nietzscheano- nunca estuvo de acuerdo con la idea de sufrir la existencia. Aunque las circunstancias así lo ameriten, hay que saber conducir el navío en altamar y después de afrontar la intempestiva marea, arrebatar con fuerza el barco a la isla más cercana, para jamás naufragar. Naufragar es siempre una debilidad. 


Franco fue un Maestre en la costa y el océano, se embarcó en una aventura filosófica con la cual intentó combatir el pesimismo, el auto sabotaje y la autocompasión de la existencia, todo esto por medio de la filosofía. La cura al nihilismo la encontró en Heidegger y en Nietzsche. Incluso, en los aforismos de senectud de Schopenhauer –el rey del pesimismo-, halló un fulgor optimista y uno que otro buen consejo para hacer de la vida un hermoso tránsito. Volpi me enseñó a vivir, no de la filosofía, sino con filosofía. Porque “la filosofía no es un edificio conceptual, sino una forma de vida”. 

El filósofo preferido de Franco, Martin Heidegger, decía que “la muerte ha de ser comprendida como la posibilidad más propia, irrespectiva, insuperable y cierta”, una fin que nunca significa el consumarse de quien muere. Volpi murió, pero dejó -más que un vacío profundo, irremplazable-, alumnos, clases, textos, traducciones, palabras y motivos para seguir viviendo. El italiano legó toda una herencia inacabada -no sólo heideggeriana-, sino filosófica, literaria, espiritual, que está ahí como un manantial inagotable, del que cualquiera puede beber. Porque “terminar no quiere decir necesariamente consumarse”

Y con esa memoria microscópica que él me enseñó, sólo queda “aspirar a una sabiduría capaz de conjugar fugacidad y permanencia, relatividad y absoluto, inmanencia y trascendencia: aspirar a una sabiduría perfecta que ame las cosas pasajeras porque pasan y las cosas eternas porque duran”. Dentro de la fugacidad de esta vida, un recuerdo eterno, para muchos, eres Tú Franco. 



julieta.lomeli.balver@gmail.com

domingo, 22 de febrero de 2015

Regresando a SCHOPENHAUER


La filosofía es esencialmente mundología; su problema es el mundo; ha de vérselas con este y dejar en paz a los dioses, esperando a cambio que también los dioses le dejen en paz a ella”, decía Arthur Schopenhauer hace más de dos siglos. El filósofo alemán estaba consciente de la tarea laica que habría de ejecutar el pensamiento filosófico. Sin embargo, también se daba cuenta de la necesidad religiosa de los hombres, que a modo de terapéutica, combatía la angustia de saberse finito: “la propia reflexión que conlleva el conocimiento de la muerte, proporciona también pareceres metafísicos destinados a consolarnos al respecto”.

Schopenhauer cree que el hombre es un “animal metafísico”, porque es el único que da cuenta de sí y lo que le rodea, reflexión que lo lleva a teorizar sobre los dolores que lo aquejan, sufrimiento que siempre desemboca en un sólo acontecimiento: la anulación de la individualidad, la muerte.

La filosofía encuentra su inspiración en los deseos más bajos, los miedos y males del hombre, parte de su labor se basa “no sólo en que el mundo exista, sino más bien que sea tan fraudulento es el prurito de la metafísica”.  

Pero, ¿qué es la metafísica para Schopenhauer? El filósofo entiende por metafísica aquella meditación que intenta ir más allá de la experiencia, la que habla de aquello invisible a la mirada. Hay dos formas de hacer metafísica, la primera es la manera ventajosa que intenta fundamentar una realidad paralela a la nuestra, un cielo o un infierno, algo así como lo que hace el discurso cristiano y de algunas cosmogonías religiosas. Mientras que el segundo tipo de metafísica, es la que podría desprenderse del discurso filosófico, de un planteamiento como el que el mismo Schopenhauer construyó. Uno que gira alrededor de lo oculto detrás de la naturaleza, que medita sobre la esencia última del mundo.  

Los sistemas metafísicos del primer tipo los encontramos en la mayoría de los pueblos, desde los ancestrales hasta los más modernos. La confirmación del discurso religioso es externa, irracional, dogmática “y se llama revelación, la cual se ve documentada por prodigios y milagros. Sus argumentos son principalmente amenazas con males eternos y temporales, dirigidas contra los incrédulos e incluso contra los simples escépticos”. En donde aquellos hombres que no logren estar facultados para cuestionar y pensar por sí mismos, sino sólo para creer y obedecer, se someterán a los principios de fe, mismos que terminarán destruyendo su libertad.

La religión, es para Schopenhauer, la forma más popular de hacer metafísica, ya que generalmente tiene muchos sectores públicos de su lado, como “apoyo del gobierno, miles de templos en los que anunciarse y practicarse, tropeles de sacerdotes juramentados y, por encima de todo esto, el inestimable privilegio de poder inculcar sus doctrinas a la tierna infancia, con lo cual casi se convierten en ideas innatas. Desde entonces, el filósofo se dio cuenta del peligro del fanatismo religioso y la capacidad de sus instituciones para mover y manipular a las masas.

Sin embargo, no sólo la metafísica que deriva del discurso religioso popular será la única forma de promover el peligro de la irreflexión. Existe otro tipo de metafísica que habita en el linde de lo burdo e insensato. Para Schopenhauer, las filosofías medievales entran dentro del primer tipo de metafísica, porque han servido para fundamentar el dogma cristiano desde entonces. Por otro lado, la filosofía universitaria le parece también una farsa, un mal uso de la capacidad racional. 

Así, existe una tercera forma de hacer metafísica “religiosa”, esta se encuentra en el discurso filosófico que se enseña en las academias, que no pretende ser portavoz de la verdad crítica, sino solamente domesticar la conciencia de los jóvenes estudiantes, grabando “en lo más profundo de su pensar, las tendencias espirituales que convengan a los propósitos de quien otorga las cátedras en el ministerio”.

Schopenhauer tenía una fuerte pugna contra Hegel, porque era entonces el famoso filósofo de la época, el pensador de la Universidad. Mientras que Schopenhauer renunció por entero a toda carrera académica, para trabajar en soledad. Arthur criticaría a quien se dejara guiar por modas “filosóficas”, y el hegelianismo era un ejemplo de ello, como hoy en día lo son muchas otras tendencias.

Tanto la filosofía mal encaminada, como los discursos religiosos paradigmáticos, le bastan a una población entera para fundamentar toda una cosmogonía ficcional y una explicación pueril de su existencia, a la par de construirse simples y unívocos sustentos de moralidad. A veces sólo “basta con las fábulas más burdas y los cuentos más insulsos” para tener el control axiológico e intelectual de toda una sociedad.  

Así, Schopenhauer distingue entre capacidad metafísica y necesidad metafísica. La primera se identifica con la configuración del discurso filosófico serio, mientras que la segunda es inherente a todo ser humano. De la necesidad metafísica muchos se han aprovechado, dando como resultado los abusos ya sabidos por parte de las religiones y de las ya criticadas academias.  

A dos siglos de los planteamientos del filósofo alemán. Su pensamiento no ha perdido vigencia, y  aunque sus palabras no fueron entendidas en su tiempo, Schopenhauer tuvo fama póstuma. Tan tardío ha sido el eco de sus pensamientos, que actualmente es un bestseller de altos vuelos, convirtiéndose en un filósofo muy leído tanto por especialistas, como por aquéllos alejados de la academia. Un autor que logra un público de lectores tan amplio y variado, no necesita nada más para seguir vivo.


julieta.lomeli.balver@gmail.com

martes, 11 de noviembre de 2014

Schopenhauer, el filósofo optimista

La soledad y la infelicidad no son tan malas como la gente cree, o al menos que seas "uno del montón", la considerarás así tal cual, una traición a la existencia, y entonces, lo que ahora estás leyendo no es para ti.

"Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee a ojos de otros", decía Arthur Schopenhauer en uno de los textos póstumos que la genialidad (por desgracia finita) del filósofo italiano Franco Volpi, ha rescatado del olvido. "Un pequeño manual de filosofía práctica", traducido al español por Herder editorial como El arte de ser feliz, es un breviario que reúne sus pensamientos eudomológicos escritos entre 1822 y 1829.

El libro está explicado en cincuenta reglas para la vida, lo cual obviamente indica que está redactado a modo de fragmentos o aforismos. Pero esto no es casual, ya que dicha forma de escritura no es más que el reflejo velado de la existencia misma, que tambiénnos presenta de manera inconexa y fragmentaria los asuntos que nos conciernen, por lo que de igual manera nos toca organizar y atender a cada uno de ellos detalladamente, "sufrir cada cosa en su momento; tener por así decirlo, cajones para nuestros pensamientos, donde abrimos uno y cerramos todos los demás".

Esto mismo son los fragmentos de Schopenhauer, páginas a las cuales uno puede acudir para resolver o profundizar en algún episodio de la vida. Es un libro lleno de estantes, que guardan consejos para la existencia.

El arte de ser feliz, es un texto que ayuda a combatir la desilusión y medir objetivamente las propias fuerzas, para entonces no engañarnos y soñar con lo imposible porque una clave elemental para ser feliz es "conformarnos con el hecho de que algunas cosas son inalcanzables".

Generalmente, lo que incrementa el malestar existencial es la inconsciencia que tenemos de la propia individualidad, de dicho modo, será exigible forjar ideas claras con respecto a nosotros mismos, y considerar antes dos cosas:

En primer lugar, es necesario saber exactamente qué se pretende, qué se quiere conseguir y dirigirse hacia allá tenazmente sin perdernos en el camino. Porque varias cosas podrían confundidnos como "la influencia pasajera de un estado de ánimo o la impresión de un momento que nos inhiba por la amargura o la dulzura de un hecho singular".

En segundo lugar, después de saber lo que se quiere, es importante "vencer nuestros impulsos, a los propósitos para los que por naturaleza tenemos poco talento", lo cual significa que habremos de ser honestos con nosotros mismos y concebir un conocimiento preciso de "la tendencia de las propias cualidades mentales y físicas, o sea, del conjunto de capacidades y deficiencias de la propia individualidad".

Ambas cualidades, las de saber hacia dónde vamos y aceptar nuestras aptitudes e insuficiencias, es a lo que Schopenhauer llama "carácter adquirido", que no es otra cosa que un conocimiento entero de la mismidad. El filósofo alemán intenta allanarnos el proceso y hacer explícita la importancia de proyectar ese carácter de la mejor manera hacia nuestras vidas.

La felicidad de los mortales depende esencialmente de tres cosas. La primera, de lo que el individuo es en sí mismo, o sea, de su personalidad en el sentido más amplio, "donde se incluye salud, vigor, belleza, carácter moral, espíritu y formación del espíritu". También depende de lo que uno tiene en el sentido material, lo que posee, lo que ha logrado adquirir. Y en tercer lugar, el ser más o menos desgraciado depende ciertamente, pero no en menor sentido, de lo que uno representa ante los demás y de la reputación que se ha ganado en la sociedad.

Pero esta raíz tripartita de la cual pende nuestro bienestar, sólo puede ser llevada con éxito en cuanto aprendamos a conocernos a nosotros mismos.

Si hemos de resumir en un consejo el modus operandi para ser feliz, sería en la regla que Schopenhauer mismo retoma de Aristóteles: "es feliz sólo aquél que se basta a sí mismo". Y si bien es muy difícil encontrar la felicidad en nosotros mismos, mucho más complicado será encontrarla afuera de dicha individualidad.

Si lo que queremos es llegar a la cúspide delbienestar, no está de más seguir uno de los últimos consejos que da Schopenhauer y dedicarnos a la vida filosófica, la cual define como la más feliz. Podríamos intentar seguir dicha sugerencia comenzando por leer su libro.

miércoles, 28 de mayo de 2014

El escritor inmediato

Despiertas y tu vida es un caos. Tenías la obligación de escribir unas cincuenta páginas desde hace un par de meses, sin embargo, no has logrado redactar una sola frase. Algo ha de inspirarte. Según, el amor es siempre cura contra la inanición creativa, pero en esta ocasión ni siquiera la persona que te gusta podría salvarte. A duras penas logrará no abandonarte en tu etapa más productiva, por ello la de mayor neurosis; aunque lo más seguro es que lo haga. Estando solo y desnudo, no sólo de esperanza, sino de palabras que logren configurar una novela decente, te ves al espejo y te espantas. Eres un fracaso como escritor.

Lo que ocupas es... bueno, en estos días nadie lo sabe.

Sales a la calle y te encuentras con un viejo amigo quien te comenta sobre una droga que impulsaría la actividad total de tu mente: “Según se dice, sólo aprovechamos el veinte por ciento de nuestro cerebro, con esta pastilla podrás aprovecharlo por completo”. 

La pruebas sólo por curiosidad, no vaya ser que te conviertas en un adicto... Después el efecto, las palabras caen en la página como gotas en la furia de una tormenta. En un día tu novela está terminada y no sólo eso, tu acervo cultural se ha incrementado exponencialmente. Sabes de economía, de arte, de física cuántica e incluso te has convertido en políglota.

¿Acaso esa pastilla no es la que has estado esperando toda tu vida?

Escribir es difícil y no existe droga alguna que nos ayude a hacerlo de modo inmediato. Sin embargo, hay casos donde la creatividad pareciera haberse desplegado de alguna pastilla mágica. Han existido escritores precoces que desde muy jóvenes construyeron la mayor parte de su obra, como si llevarán prisa porque la muerte clínica y lírica los persiguiera. Comenzaron rápido, antes de quedar vacíos de palabras y hacerse viejos, aunque generalmente tuvieron el presentimiento de que ni siquiera pisarían los cuarenta, por eso, quizá desarrollaron prematuramente un estilo propio y bien definido. 

Sin embargo, el genio precoz y los humanos con talento prodigio, son siempre casos excepcionales. 

No existen medios rápidos que nos logren situar en una condición erudita. Se nace con ciertos talentos, sin embargo estos no podrían germinar sobresalientes frutos si no se trabajan a detalle. La aspiración a la inmediatez es la enfermedad de nuestra época.

Aquella droga que mencionaba al inicio era llamada NZT en un thriller, muy mediocre, intitulado "Sin límites" (Limitless). Película si bien fantasiosa, pero no por menos producto de la metástasis de esta centuria, donde todo parece estarse pudriendo en las añoranzas del máximo éxito bajo el mínimo esfuerzo

jueves, 3 de abril de 2014

Dime para qué usas el internet y te diré de qué adoleces

          Julieta Lomelí Balver 

“Con mis actuales compatriotas sólo comparto el pasaporte”, escribía hace cinco décadas el colombiano Nicolas Gómez Dávila, si estuviera vivo seguro hubiese encontrado algún amigo interesante en las redes sociales, con quien compartir más allá que el pasaporte.

Un amigo pintor me contaba que en su ciudad era imposible que lo comprendieran, pero que en facebook había encontrado empatar con personas inteligentes que en una fiesta cualquiera, o incluso en una biblioteca, nunca hubiera conocido.

Las redes sociales tienen medios para cubrir las necesidades de cualquiera, se pueden encontrar foros en los cuales manifestar desde un espíritu crítico, ambientalista y mesiánico, hasta grupos fanáticos del cosplay, e incluso algunos otros donde exponer en público la estulticia. Se puede ser lo suficientemente diferente e incomprendido y encontrar toda una comunidad de solitarios listos para acompañarte, o también ser un voyeur obsesivo e ir pasando de perfil en perfil, viendo y agregando a aquéllas y aquéllos más atractivos. Incluso para los pornógrafos, las redes sociales son el paraíso. 

El historial de nuestra computadora puede convertirse entonces en una radiografía de nuestros intereses, gustos, deseos y fetiches. ¿A partir del uso que cada quien hace de la red, se podría acaso saber más o menos que esperar de alguien, delinear algunos aspectos de su personalidad? respondería que sí: dime para qué usas el internet y te diré quién eres... 

A pesar de los beneficios cubiertos por la web, las redes sociales sólo consiguen desplazar el vacío que deja una sociedad extremadamente ambiciosa, que publicita la perfección de una vida irreal. Aplastados por un contexto que nos exige e impone demasiadas metas pero que ofrece muy pocas posibilidades para lograrlas, vamos en busca de una fantasía más alcanzable: de un perfil falso, de alguna conquista en facebook, de una charla pseudointelectual en algún chat, o de cibersexo internacional. 

Ante la decepción y frustración de no poder asemejarnos a un perfil predeterminado de existencia -éste permeado por la neurosis globalifílica-, nos escondemos en el universo virtual, buscando alguien que nos escuche, a algún “amigo” tenga el tiempo para leer nuestra mirada triste, amistades que obviamente nunca vamos a encontrar fuera de la red. Porque así como nuestras aspiraciones “reales” siempre serán inalcanzables, también nuestras relaciones intrapersonales lo son, claro, a menos que las busquemos en el internet. 

julieta.lomeli.balver@gmail.com

jueves, 6 de marzo de 2014

Un dilema propiamente filosófico

Julieta Lomelí Balver

Pocos son los que tienen claro a qué habrán de dedicarse en la universidad, a mi me costó mucho trabajo decidirme por alguna profesión concreta, en primera instancia había pensado en algo que me alejara de mi ciudad, ni siquiera me importaba mucho el camino, sino tan sólo la finalidad. Al último tuve que quedarme y entonces  busqué algo intermedio entre la escritura estilística de la literatura y la rigurosidad metódica de la ciencia,  me encontré con la filosofía, sin saber exactamente a qué me enfrentaba.
El filósofo italiano Gianni Vattimo, en su libro “Vocación y responsabilidad del filósofo”, comenta que   siempre “hay una contingencia en todo tipo de vocación profesional, que en parte se transforma, o puede transformarse en necesidad”. Después de siete años de estar enteramente arrojada a leer y estudiar filosofía de manera académica, aquella contingencia de optar por una profesión que me alejará del ámbito tecnócrata, se ha convertido en una necesidad, en una forma de vida que cubre cualquier aspecto. Mi profesión se ha transformado “no sólo en una vocación genérica a hacer filosofía, sino en un camino, una vía cultural y espiritual”. 
            Pensar en lenguaje filosófico es quizá pensar en una tradición un tanto limitada, y muy exigente, restringida a ciertos textos, autores, a una detallada disciplina que no podría compararse con las horas invertidas en leer un cuento o una novela, el Zarathustra no se logra entender completamente sin haber leído antes algo de Platón o  Schopenhauer. La filosofía no es poesía, esto  lo sabe bien Vattimo  y lo entendemos perfecto muchos de los que estamos en la profesionalización -si así se le quiere llamar-, de dicha disciplina, sin embargo, sí hace uso de herramientas retóricas -como todo texto-, empero es una tradición escrita de temple completamente distinto al de la literatura y no por ello prescinde del carácter estilístico de ésta. La buena filosofía es entonces “una edificación ensayística”.  
            La filosofía tampoco es una ciencia, porque sería complicado saber si responde ante un objeto o problema concreto. La filosofía no involuciona pero tampoco progresa con respecto a una falsación o verificación experimental, la filosofía no toma de paradigma un fenómeno físico, no es una ciencia natural, ni siquiera una ciencia social, antropológica, o incluso cultural,  ya que como Vattimo señala, está “definida solamente por una tradición textual a la que se le añade una terminología y un conjunto de problemas, que en muchos casos ni siquiera son  los problemas naturales del hombre”.
Cuando Pascal volteó su mirada a las estrellas, sintiendo “el silencio eterno de los espacios infinitos y de reinos que lo ignoraban”, preguntándose quién lo había abandonado en esta tierra, no pretendió en ningún momento configurar una teoría científica del inicio del cosmos, ni tampoco un cuento acerca del creacionismo, sino desde su experiencia subjetiva, en conjunto con la tradición platónico-cristiana quiso explicarse su estar en el mundo. En otra esfera,  Pascal también hizo ciencia, pero no del mismo modo en que escribió filosofía.
La filosofía no es un saber acumulativo que nos resuelva algún problema técnico, o nos arrojé algún resultado concreto, a veces ni siquiera ha de servir para solucionar conflictos existenciales, lo cual no significa que no derive de cierta vivencia íntima del mundo, “en la filosofía hay verdades de experiencia, pero la experiencia está ya tan subjetiva y culturalmente mediada, que es imposible hablar de ella en términos de conquista”; sin embargo, el filósofo puede lanzar un tipo de mensaje resolutivo a su situación social, indirectamente puede servir para algo.
Gianni Vattimo publica en periódicos, al igual que muchos de los que pretendemos estar en la academia, empero, generalmente es mal visto escribir en espacios públicos. La filosofía debido a su carácter de tradición cerrada en sí misma, condena a aquéllos que escriben para los que se encuentran fuera de la universidad, pero, ¿acaso no estaremos capacitados –no sólo filósofos, sino humanistas en general- “a ejercer este oficio (llamado a veces despectivamente) de opinador?” El hecho de que la filosofía exija estricta atención a su pasado, no significa que se deba limitar su discusión tan sólo al recinto casi sagrado de la academia.
 Vattimo considera que “la especialización en filosofía a veces resulta defectuosa”, en el sentido de que uno “pierde el alma” si deja de dialogar con todo aquello que se encuentre fuera de la filosofía. La filosofía aún tiene mucho que hacer en el campo social, escribir artículos de divulgación y hablar de política citando a autores filósofos que hace siglos dialogaron al respecto, es una forma de intervenir en un mundo más allá del contexto que entre académicos y alumnos se comparte.
El autor de “Vocación y responsabilidad del filósofo” pertenece al parlamento italiano, publica en revistas y periódicos, al mismo tiempo que habla con sus colegas especializados. El hecho de jugar en ambos mundos le abre al filósofo “la sola posibilidad de entrar en comunicación, de pensar en una comunicación posible con culturas diversas, lo coloca ya en una posibilidad de privilegio y en el fondo le confiere un cierto primado”, el de sentirse implicado “en un proyecto de transformación del hombre, en un programa de emancipación” compartido. Porque la filosofía, al final, también sirve para saber cómo estar mejor con los demás.  

· Vocación y responsabilidad del filósofo
· Año de publicación: 2012
·  Autor: Gianni Vattimo
·  Páginas: 144
·  Editorial: Herder Editorial, España.

miércoles, 1 de enero de 2014

Facegook

JULIETA LOMELÍ BALVER 

Comenta el historiador Georges Duby que en el medioevo, a pesar de la pobreza extrema, no había vagabundos en la calle. Nadie moría solo. Nadie moría solo y con hambre. Habitaba entre ellos, la idea de fraternidad. Enraizado estaba el valor del colectivismo. La cristiandad tenía entonces, a pesar de todo, su lado positivo, el olvido del sí mismo en aras de socorrer al otro. Ahora bien, no podemos decir que en actualmente no exista tal sentimiento fraternal, sin embargo, abunda más lo contrario: la aguda exaltación del egocéntrismo.

El uso de las redes sociales se ha extendido alrededor del mundo. Lo primero que uno hace al entrar a Facebook es confeccionar un perfil, una identidad que represente la dada en la vida no virtual. Se suben fotos, sobre todos aquéllas donde se muestre la mejor cara, se comenta el itinerario a seguir en los siguientes días, se escriben frases célebres (éstas que hacen aparentar cierta inteligencia), e incluso se vocifera el estado sentimental de gran parte de los usuarios (se puede ser un soltero cotizado, o encontrarse en una relación con una persona en concreto; también uno puede anunciar su divorcio más reciente, y no faltará aquel que queriendo aparentar ser más interesante que el común, dice encontrarse en una relación complicada, porque su vida es sin duda una atractiva liada a resolver).

Claro que existen diversos modos de usar Facebook, podría, por ejemplo, ser el medio para publicitar una empresa, o para vender productos evadiendo impuestos. Pero aceptémoslo, la mayoría lo utiliza para, llamémosle así, consumo propio, de modo que lo único que se llega a ver en el muro de cualquiera de nosotros es una estetización (podría considerarla casi patológica), del ego. Y qué decir de otras redes como el Twitter que cumplen una función similar.

Las redes sociales son como el desierto que avanza, se van imponiendo a las actuales generaciones de un modo muy natural. Tan sólo, hace tres años, en 2010, el número de usuarios de Facebook ascendía a un poco más de quinientos millones de miembros. Estados Unidos resultó ser el país que ocupaba el primer lugar en el uso de la tan ya popularizada red social, mientras que México quedaba en el noveno. El crecimiento de miembros registrados en Facebook alrededor del mundo, indicaría que estamos mayormente ligados los unos con los otros. Se podría creer, desde la confección de un mundo ideal, que las redes sociales deberían representar ese nuevo sentido de comunidad, sin embargo logran establecerlo de manera ilusoria.

Hasta aquí deseo dejar en claro que no estoy condenando el uso de las redes sociales, yo misma soy cómplice de ellas. No obstante, lo que sigo sin comprender es que a pesar de la aparente cercanía que nos conceden con el otro, ésta sigue siendo, sin más, un falso parentesco, que aísla al individuo en sí mismo y en la obsesión de crear una confección exagerada, deforme de lo que en su vida no virtual es. Una second life es lo que las redes sociales representan para muchos, es el único modo de poder llevar esa doble vida que los distrae de su originaria e insoportable cotidianidad.


lunes, 25 de noviembre de 2013

Yukio Mishima: Una rosa en el desierto

Julieta Lomelí Balver 

Decía el poeta Angelus Silesius que “la rosa es sin por qué, florece porque florece”. Lo que abunda en el jardín japonés es la flor de loto, pero la rosa silvestre que nace sin razón, en la intemperie de cualquier prado, enredada en sus propias espinas, bella a la vista, pero peligrosa al tacto, no es tan comunes. Una rosa de este tipo –salvaje y altiva- nació en el Japón del siglo pasado, sin un por qué concreto -al igual que su venida al mundo-, floreció también su escritura. Estamos hablando del feroz Kimitake Hiraoka, mejor conocido como Yukio Mishima, un pseudónimo, por cierto, sonoramente estético. Y es que todo él, -desde su nombre artístico, su escritura y su maravilloso cuerpo-, era un homenaje a la belleza. Un dios mortal, una escultura al estilo griego, donde la perfección del cuerpo, no está peleada con la perfección de la inteligencia.    
Un escritor obsesionado con el arte -más allá del ejercido en sus novelas, cuentos y ensayos-, como forma cotidiana, proyectado a todos los ámbitos de la existencia: hacer de la vida una obra de arte. Esta pasión por configurar su propio mundo como una hermosa pieza artística, llevó a Mishima a vivir en un excedente de sentido, apreciando hasta el más mínimo detalle que cada segundo derramaba tras su agotamiento.

Esto es la escritura del japonés, una experiencia suspendida en los poros de la piel, en la musicalidad que provoca el viento de la noche más tranquila, o en el ruido del paso agitado de la ciudad. Vivir es detenerse a ver las tejas de las casas o escuchar el oleaje del mar. Hasta lo más banal, a veces logra ser lo más importante en una novela: “mediante la observación microscópica y la proyección astronómica la flor de loto puede convertirse en la base de toda una teoría del universo y en un agente por medio del cual podemos percibir la verdad”.

La literatura antecede los edificios conceptuales de cualquiera, la literatura es esta forma más originaria de pensar el mundo sin tantas pretensiones teóricas. La literatura –dice Gómez Dávila- es la más sutil, y quizá la única exacta, de las filosofías. Pero esta obsesión por las letras ¿no será un riesgo, una forma de perderse en las palabras, evadiendo la vida misma? No lo es, porque vivir es escribir y escribir es vivir. No hay escisión entre una cosa y la otra. El buen escritor se dará siempre cuenta de ello. Mishima en algún cuento, hablaba de Goethe, quien no se suicidó gracias a hacer de la escritura una terapia de vida,  la resolución a su eterna pena de amor la encontró en Werther.   

Pero el escritor japonés, así como fijaba su mirada en los detalles más imperceptibles, se  arrojaba también a los grandes problemas. Mishima sufre, llora sangre. El escritor vive un Japón en decadencia, cada día más occidentalizado y abatido en el consumismo, arrojado a la frialdad de las relaciones materiales y utilitarias, bajo una época de violencia inminente. Un siglo que prometía poco para la vida tranquila. Una centuria que hundía en el lodo y el olvido la larga tradición japonesa, para adoptar en cambio valores inmediatos, alineados a una política mundial, a un sistema capitalista que a Mishima siempre padeció. 

Cambiar el mundo, es lo que deseaba Mishima: “Mi necesidad de transformar la realidad era una necesidad urgente, tan importante como las tres comidas diarias o dormir”. Y para ello, no sólo le bastó escribir. El novelista también quería tener su propio ejército, siguió una utopía que desde el inicio era irrealizable: reinstaurar el Japón imperial. En su delirio de cambiar todo un sistema, el japonés formó un ejército llamado Tatenokai, una idea de locos. El atormentado escritor dejaba todos sus asuntos personales resueltos, incluso su última novela, que al terminarla fue firmada con fecha del 25 de Noviembre de 1970, ese mismo día, junto con su “ejército” –conformado por cuatro hombres más- pretende dar su tan soñado golpe de estado, atacando un campamento militar, sin embargo no logró nada, aparte de las burlas de sus contemporáneos. Entonces sólo le quedó una vía, -radical e histriónica-, para conservar la dignidad: el suicidio.   

Mishima fue aquella rosa que floreció sin un por qué, sin embargo se desvaneció por una razón, porque ya no soportaba el desierto de una época indiferente y absuelta de valores. Y a pesar de ya no estar viva, su polen, sigue ahí merodeando por todos lados.   



jueves, 21 de noviembre de 2013

Vivir para la filosofía. ¡¡Feliz día de la Filosofía!!

En una de las primeras cartas que Heideggeer escribía a su alumna Hannah Arendt le pregunta: “¿por qué el amor es tan rico y supera todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas?, y ¿por qué supone una carga dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos”. Este tipo de amor que los excedía, que superaba cualquier otra de sus actividades, era aquella pasión que los unía a ambos, uno y otro compartían una afinidad innegable: esta “carga dulce” era la filosofía.

Muchos siglos antes de Heidegger, un pensador llamado Diógenes de Laercio en su obra “Vidas de los Filósofos más Ilustres” nos cuenta que un día se le preguntó a Pitágoras a qué se dedicaba, que si él también era un sabio, a lo que contestó “no, yo si acaso soy amante de la sabiduría, sabio sólo es dios”, con ello se convirtió en el primer pensador que se llamó a sí mismo filósofo.


La palabra “filosofía” está compuesta por dos vocablos griegos: filos, que significa amor, y sofos, sabiduría. Al llamarse “filósofo” Pitágoras reconoció que su actividad consistía en algo más que la mera aplicación de una capacidad intelectiva o racional, era antes necesario contar con una necesidad afectiva, una añoranza por aprender, una inquietud que no descansa ni en los segundos más muertos, una vigilia constante que permita mirar al mundo atentamente provocando que lo cotidiano devenga en novedad.

El filósofo danés Sören Kierkegaard nos cuenta que una vez en la ciudad de H. vivía un joven poco común, el cual creían enfermo de melancolía, otros lo pensaban enamorado y no correspondido, pero sólo Johannes Climacus sabía su verdadero estado, ¿enamorado? sí, pero también correspondido. ¿De una mujer? no, ¿entonces de qué? tan profundo era aquel sentimiento que lo “encontraba completamente extraño para su corazón, igual que su exterior era distinguido y etéreo, casi traslúcido, en el mismo grado estaba su alma demasiado determinada para verse inflamada por la hermosura de una mujer”. Johannes estaba “apasionadamente enamorado, pero del pensamiento, o mejor dicho, del pensar”.

Climacus “reflexionaba sobre lo que los filósofos habían dicho, porque naturalmente era la compañía de éstos la que buscaba”, viajaba de una obra a otra, pero “querer ser filósofo y consagrarse exclusivamente a la especulación era algo que no se le había ocurrido, todavía era demasiado irreflexivo”, para llegar a ser filósofo en sentido estricto ocuparía algo más que un cuartito con libros, si su pasión era la sabiduría, su medio para apropiarse de ésta, debería ser la disciplina."

Las dos alas de la inteligencia son la erudición y el amor" decía el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila. Filosofía e inteligencia van de la mano, sin embargo ninguna de las dos es innata, para ser sabio se ocupan dos cosas, si bien un tipo de arrojo determinado por cierto amor, por una inmensa pasión de sentir y conocer más allá que el común de los hombres, pero también, y sobre todo, la filosofía debe ser erudición, y ésta no podría construirse de la noche a la mañana, el trabajo filosófico serio se distingue por ser un trabajo arduo, continúo, irrenunciable, que demanda más que un mero afecto al saber.

“La filosofía (como diría Martin Heidegger) no es una ocupación cualquiera con la cual pasar el tiempo si tenemos ganas, no es tampoco una mera recopilación de conocimientos que en cualquier momento nos procuremos fácilmente de los libros, sino que, en su conjunto y en lo más extremo, es algo donde acontece un pronunciamiento último, y una conversación a solas del hombre”. La filosofía es un trabajo en su mayoría íntimo, solitario, es vivencia, disciplina; es rigor. Nunca, en lo absoluto, mera inspiración.

“Mi trabajo (escribiría nuevamente Heidegger) se asemeja al del joven campesino cuando sube la pendiente remolcando el trineo de la montaña y luego, una vez bien cargado con leños, lo dirige a su cortijo en peligroso descenso” La filosofía significa también esta bajada abrupta, un arriesgarse a un pensamiento original, crítico, la filosofía es entonces compromiso de ser escuchado, leído.

La filosofía no debe quedarse solamente en las páginas de los libros, no es solamente escritura, es también docencia, la filosofía no sólo se hace en los cubículos, se lleva a las aulas, a las universidades, debería incluso, no sólo impartirse en la educación superior, sino también básica.

Y en esto radica el nuevo compromiso, el más urgente, en el rescate de los espacios académicos, en que nos devuelvan el derecho a ejercer más allá de las universidades. En no perder las materias de filosofía en los bachilleres y hacerla más relevante dentro de la educación básica. Regresar la filosofía al ágora, al mundo público, a la sociedad misma. Este es el nuevo riesgo, ir contracorriente ante las reformas irreflexivas, mantenerse rebeldes ante la tecnocratización del saber y la educación bancaria.

Hagamos de esta profesión no sólo un medio para obtener ingresos económicos, sino también un modo de ser. Hagamos una promesa de fidelidad con la filosofía: bajo la cual se le ame de por vida y se le ejerza con pasión, responsabilidad y compromiso; o en pocas palabras y como lo anotaba Schopenhauer alguna vez, “hay que vivir para la filosofía y no de la filosofía”.

julieta.lomeli.balver@gmail.com 
http://rsx16.justhost.com/~lja/index.php?option=com_content&view=article&id=6004:una-defensa-mas-de-sofia&catid=126:poureviterlennui-julieta-lomeli-balver&Itemid=571

domingo, 28 de agosto de 2011

Un poco acerca de la barbarie actual


Uno de los pensadores alemanes más prolíficos del siglo pasado, Ernst Jünger, hacia una reflexión filosófica de la barbarie en su libro “La Movilización Total” publicado en 1930. En éste, Jünger considera que la guerra ha sido siempre un acontecimiento cósmico, “un espectáculo que trae a la memoria los volcanes; siempre es el mismo el fuego telúrico que en ellos hace erupción, (…) sin embargo, los paisajes en que los volcanes llevan a cabo su trabajo son muy diversos”.
Desgraciadamente ahora es en el Valle Mexicano donde el fuego incendia a sus víctimas, donde la guerra como fenómeno cósmico se particulariza convirtiéndose en fenómeno concreto. Ahora bien, según Jünger la idea clásica de guerra siempre se encontraba conducida por el espíritu del progreso; de modo que las guerras suscitadas antes del siglo XX habían sido custodiadas por este ideal que pareciera haberse contradicho después de las catastróficas guerras mundiales de la centuria pasada.
La Revolución Francesa fue el ejemplo claro de una movilización liderada por las pretensiones de progreso; y como el hombre moderno creía a la razón un tipo de estructura a priori universal, tal pareciera que ésta podría justificarlo todo, hasta la violencia misma. Sin embargo la barbarie del belicismo progresista no era tan atroz como la que vivimos actualmente. Las guerras clásicas develaban una pugna era entre dos cuerpos, frente a frente; quien moría lo hacía honorariamente, defendiendo una causa concreta. Eran guerras donde “lo que [irrumpía era] la auténtica pasión, esto [era], sobre todo en el nudo combate, en el combate directo a vida o muerte”. A este tipo de guerras progresistas Jünger las llama La Movilización Parcial.
En el caso concreto de México, podemos categorizar a la Lucha Independentista de 1810 y a la Revolución Mexicana de 1910, dentro de este tipo de movilización parcial, donde, aunque tergiversados por ciertos intereses políticos, se combatía por una causa concreta. La primera buscando la emancipación de México de España, y la segunda, la finalización de la dictadura porfiriana. Ahora bien, éste tipo de guerras podríamos también reconocerlas como guerras Ilustradas, regidas por el a priori de la razón, ésta que condicionaba como fin último la ejecución de la barbarie en aras de un progreso concreto.
Así como la primera y segunda guerra mundial han sido un tipo distinto de movilización, ésta que nada tiene que ver con una idea Ilustrada de progreso, la guerra contra el narcotráfico vivida en nuestro México tampoco es parte de una movilización parcial. ¿A qué tipo de movilización pertenece la barbarie contemporánea? ¿Qué causas defiende?, ¿hacia qué objetivos se dirige?
Las guerras sufridas en el siglo XX aniquilaron el proyecto moderno por medio del populicidio (1), los ideales de la centuria pasada fracasaron, su destrucción más trágica fue la pérdida de poblaciones enteras. La decepción que ha dejado el siglo XX, quien Jünger mismo ha reconocido como “uno de los más espantosos de la historia”, radica en el fin de las utopías, en el relativismo de cualquier valor, causa o principio por el cual combatir; los valores principales que habían sin duda regido aquella centuria perdida, era la esperanza en la ciencia, la técnica y la economía capitalista. Esta tríada prometía resolver los problemas globales, sin embargo indujo el naufragio de la cultura occidental.
De modo que, en primera instancia la dominación de la técnica falló en sus pretensiones, ayudó a crear la bomba atómica; la ciencia por su parte sería utilizada sólo en ciertos casos, la ayuda médica no llegaba a todos los sectores, de hecho, esta herramienta a la que tanto se le apostaba crearía armas biológicas como el ántrax. El acumulamiento del capital no sería suficiente para toda la población,  esclavizando a un gran porcentaje de ésta, ya que ante la insaciable ambición de hacer crecer tal capital, las maquiladoras se expandirían por todo el globo terráqueo haciendo cómplices a muchos seres humanos, convirtiéndolos en los nuevos esclavos del siglo XX, mas para no transgredir explícitamente su dignidad, mejor serían categorizados como obreros.
Dado lo anterior, señalemos entonces tres resultados negativos que ha dejado la técnica, la ciencia y el capitalismo: la guerra, la creación de armamentos complejísimos (como la bomba atómica y las biológicas), la explotación generalizada de gran parte de la población mundial y el esparcimiento de la violencia hacia cualquier sector sea o no inocente, esté o no inmerso en la defensa de una causa bélica. Todo esto es lo que Jünger reconoce como Movilización Total.
Lo que caracteriza a las guerras desde inicios del siglo XX es que no se lucha por una causa concreta. Son movilizaciones confusas que se conducen desde múltiples intereses, el más común de ellos tiene que ver con el sostenimiento de una economía global, de una capital total. Se cobran vidas en aras de la vendimia armamentista. El belicismo actual es un negocio, el negocio de la guerra que “en cuanto acción armada va penetrando cada vez más en la imagen más amplia de un gigantesco proceso de trabajo; junto a los ejércitos que se enfrentan en los campos de batalla surgen los nuevos ejércitos del tráfico, del abastecimiento, de la industria del armamento”.
Ejemplo claro de que la movilización bélica cumple principalmente a un interés económico, fue la Guerra contra el Terrorismo en 2001, que jamás develó de modo real a los autores de los acontecimientos del once de Septiembre en Estados Unidos. Algo parecido a lo anterior pasa en México, y como ya lo dijimos al inicio, resulta imposible seguir indagando por los personajes de la catástrofe, sólo podemos dar, si acaso, una reflexión de los mecanismos de la violencia derivada del complejísimo fenómeno del narcotráfico: una explicación del cómo y no del qué del telón de la barbarie.
Me atrevería a decir que lo que acontece en la movilización total mexicana es una guerra donde todos son marionetas de un poder centralizado e intereses que sólo salvaguardan la alienación a una economía global, o sea, a la compra y venta de armamento. Es una guerra donde “los delgados hilos que ejecutan los movimientos de las marionetas son invisibles”, sin embargo se engloban y se justifican bajo el nombre del Estado. Eso es lo que busca la movilización total liderada por Calderón, una legitimación de su sexenio, “cuya tendencia tiene como objetivo que no exista nada que no quepa concebir como una función del estado”.
El gobierno de nuestro actual mandatario panista se está convirtiendo en una maquinaria del terror, donde las almas mexicanas quedan en manos de un poder totalitario, y muchas de ellas han sido flageladas en aras de una política que tal parece no defiende ninguna causa en concreto; no ataca tampoco a un sector particular, sino que al contrario, muchos civiles inocentes, jóvenes e incluso niños que nada tenían que ver con el negocio de la droga, han sido asesinados  por personajes de los que aún nada se sabe. ¿Hacia dónde nos conduce toda esta barbarie?
(1) Populicidio es el término que Jean Francois Lyotard utiliza para referirse a una de las causas principales que puso fin a los metarrelatos de la edad moderna, como el progreso, la justicia, la libertad, la  igualdad. El término se encuentra en: La posmodernidad explicada a los niños (trad. Enrique Lynch), 6ª, Gedisa, Barcelona, 1999.

julieta.lomeli.balver@gmail.com